Hay incesantes
momentos en que eres capaz de hacer cualquier cosa con fin de poder sentirte
vivo y gozar nuevas sensaciones, de poder jugar con los tiempos, de ser alguien
que nadie ni siquiera se imaginaria que tu podrías ser; ni tú mismo. Lo más
complejo de esto es mantener al margen esa vida, la cual tiene un costo y ese
costo se asume desde el instante en el que aceptas introducirte a un sub mundo,
piensas en momentos: por qué lo estas haciendo, y la verdad a veces no le
encuentras respuesta, pero sigues dentro sin querer salir; por la adrenalina
que te provoca, las ganancias y ventajas que tienes estando dentro de este
sistema. En cierto sentido se mantiene un poder, juegas a ser invisible,
rápido, a ser más astuto que el resto, a tener labia para manejar
situaciones y ser versátil para salir
del paso y la verdad, no te das ni cuenta cuando ya lo lograste, cuando ya eres
invisible al caer la noche; de día eres
alguien normal sin nada nuevo que contar más que el trabajo, estudios, familia
y una que otra cosa banal, sin importancia pero siempre ocultando esa
identidad, lo malo de esto es cuando pasas a llevar tus ideales, por lo cual tú
estabas dispuesto a extirpar bajo cualquier consecuencia lo que encontrabas
repudiable y terminabas dentro de lo que
odiabas; eso ocurre cuando ya nada te importa y te sientes con ganas de llevar
tu vida al límite, la cual va a mil por hora, ya ni percibes las noches, es
inexplicable el poder estar tres días en pie sin dormir, tomando alcohol y que
este ni siquiera te haga algún daño, es un estado de subconsciencia, ni
siquiera ya sientes lo que cualquiera podría sentir: como cansancio, sentirse
embriagado o con algo de sueño.
No
obstante la vida te pasa la cuenta en cualquier momento y eso uno lo tiene
claro, te sales por tu propia decisión, pero hay ciertas ocasiones en las
cuales se suele extrañar esa vida nocturna dan ganas de volver a saborear el
trasnoche.

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